A propósito de la obra: MAÑANA CUANDO ENCUENTREN MI CADAVER de Adolfo A. Ariza Navarro Premio Juan Rulfo de novela corta, 2009
Por: Gustavo H. Arrieta López
- Pronto, al aeropuerto por favor y cobre lo que quiera, si alcanzo el vuelo.
¡Vaya que bueno, el aeropuerto!, la carrera que codiciaban todos aquellos imbéciles de la estación para redondear la faena. De modo, que para picarlos, yo hacía todos los días mi carrera al aeropuerto. Nunca me faltaba. Y ellos, ¿aeropuerto?, ¡ni mierda! Pero un día, como en el cuento, donde siempre se está a la espera del desastre y el desequilibrio, vino la envidia y se encargó de lo suyo. De tanto visitar ficticiamente el terminal aéreo, mis compañeros terminaron clavándome “Señor Aeropuerto”.
- ¿A qué hora sale el avión? ¿Para dónde viaja? No se preocupe caballero que en diez minutos estaremos allá.
El pánico se apoderó de mí. Este tipo está loco, viéndolo cómo de inmediato zigzagueaba por el tráfico de la ciudad en hora pico, durante un trayecto imposible. Aunque tenía la leve esperanza de que el vuelo 8735 se demorara, presentara alguna novedad que me permitiera abordarlo, de no ser así...
- Lo primero que debe aprender un taxista para ganarse unos buenos pesos en esta ciudad, es que, la nuestra -como muchas fincas ganaderas-, es una urbe radial. Tan femenina y voluptuosa como el cuerpo de una mujer. Todos nos dirigimos a su centro a calmar la sed. El éxito consiste en saciarse, salir cargado, vaciarse en los extremos y luego recoger a alguien que tenga deseos de beber. Hay puntos claves, equidistantes, que hay que vigilar, rodear, regresar constantemente a ellos; como los puntos erógenos en el cuerpo de una mujer. Los terminales de transporte –las manos-, los sitios turísticos –las pantorrillas y los pies-, El Centro Financiero –los senos-, los moteles y grandes supermercados –los glúteos, donde hay que comer.
El tipo me despertó desconfianza “diez minutos” el tiempo y la velocidad precisa para que los huevos se me salieran por la boca; con una facilidad pasaba de 20 a 80, de 50 a 100 kilómetros por hora. Es un suicida, y yo le había dado la orden: mátese conmigo a bordo y mate de paso a cualquiera que se nos atraviese por el camino.
- ¿Negocios o placer? Continuando su monólogo con toda la tranquilidad del mundo.
Miraba por el retrovisor, giraba su cabeza 360° para mantener mi atención:
A mí nunca me gustó el trabajo. Lo admito. Jamás me gustó ejercer ninguna clase de labor. Es más, creo que no era apto para ejecutar alguna. Por eso me dediqué a taxista. En el oficio de taxista están todos los seres que no han podido ni querido hacer otra cosa en la vida, ni siquiera ser taxista. En este trabajo convergen todos aquellos tipos a los que se les pasó el tiempo de las aspiraciones, los sueños y las oportunidades y terminaron dándose cuenta que en estos países existe una cosa más anarquista que su mentirosa independencia y sus fastidiados egos: el desempleo…
Para calmar mis nervios no tuve otra opción que arrebatarle la palabra y empezar a hablar yo también y me agarré de la primera impresión que me dio al subirme al carro:
- Usted me recuerda a alguien. - Le dije cortándole la frase, mientras que con un ojo esquivaba a un automóvil con el otro me miraba por encima del hombro. Al poeta Adolfo Ariza, autor de la obra ganadora del Premio de Literatura 2008 para la cual me encargaron escribir la presentación; y a quien no había tenido la oportunidad de conocer en persona. Una sonrisa nerviosa de delación cambió en el reflejo.
De inmediato se interesó por el tema y empezamos a conversar de las casualidades, de lo pañuelo que es el mundo. Fue cuando recalqué el nombre completo:
- Adolfo Antonio Ariza Navarro carga con sus poemas a cuestas como una cruz, no sólo por el homenaje, a modo de minuto de silencio, por el extinto municipio de Avianca, de donde es oriundo; al evocar lo ocurrido, está apuntándole a aquellos violentos de algún modo, y amenazándolos: “regresaremos a que nos maten”.
- Los violentos le tienen muchísimo miedo a las palabras: ¡Qué arma bélica son las palabras! - Así, literalmente, escribí en el texto en aquella oportunidad… Ahora era él quien miraba con cautela al hombrecito en su rectangular imagen en el asiento trasero.
Pero todo intento por relajarlo no surtía efecto. Yo ya había perdido toda esperanza de abordar ese vuelo. Aunque él se seguía abriendo paso a lo “fórmula uno” entre carros y camiones.
-Ya casi llegamos. Parecía vislumbrarse en su rostro el triunfo. Sacó del bolsillo de la camisa una cajetilla de cigarros y encendió uno. Entonces me cambió de tema, tal vez queriendo exhibir su intelecto me preguntó si conocía a Luís Perú de Lacroix.
- Estuvo casado con la nieta de José Celestino Mutis. – Enfatizó.
- ¿Usted se quiere morir a cualquier precio, cierto? –Pregunté evadiendo discusiones histórico-políticas alrededor de la vida de Bolívar.
- Los cigarros tampoco tienen la culpa. Ellos no iban solos a mi boca. Los llevaba mi mano. Ella era cómplice; recibía estímulos de este cerebro hoy atrofiado. Nadie tiene la culpa. ¡Ni siquiera el cerebro que se afecto a sí mismo! ¿O acaso el corazón resulta inocente? ¿No fue Herman Hesse quien dijo que el alma del hombre es un jardín?
Muy rápido descubrí que esa carrera hacia la vida, la de él como la mía, tenía un trasfondo premonitorio. Él no solo era el taxista que me llevaba raudo al aeropuerto, era también un hombre de lecturas y reflexiones, quizá un hombre de letras, tal vez el poeta con el cual lo confundía pero sobre todo un hombre cuya vida estaba por cambiarle por completo.
La frenada imprevista me devolvió mi mano sudada sujeta a la manija arriba de la puerta. Me alegró que estuviera justo ahí en el momento preciso, claro creo que desde que me subí no me había desprendido de ella. Gritó un par de obscenidades e hizo un gesto con el brazo.
- No hay peor mediocridad que la mediocridad del lenguaje. - Creo que para ese entonces ya había descifrado mi pasión por la escritura. - Mucha gente… (Continuó haciendo un gesto con la boca, señalando hacia el frente…) no ha caído en cuenta que la palabra es lo único que los diferencia de los animales. Si los cabros o los burros hablaran estaríamos jodidos del todo, pues no somos mejores que ellos. Aún así, insisten; no le rinden culto al idioma; repiten las mismas barrabasadas con las mismas palabras a diario; en su casa, en su cama, en su trabajo; balan, gorgoritean, ladran, rebuznan, gravitan, deliran peor que los rudos animales.
- Pero si usted mismo se contradice. –Hice la pausa de rigor. - No pretendo ser moralista frente alguien como usted. Considero que ese vasto conocimiento y esa capacidad de reflexión nos deberían llevar a la esperanza, a ser siempre propositivos delante de lo que nos martiriza. Muchas personas hablan una cosa queriendo decir otra, por ejemplo: dicen adentro queriendo decir afuera, en una especie de “afasia motora” que a la larga resulta como una metáfora de nuestras verdades y mentiras.
Pero ya estábamos en el terminal aéreo, ahora empezaba otro viacrucis, quizá más riesgoso que el primero. Se cobró sólo lo de la tarifa reglamentaria, sin embargo me recibió con gusto la propina. Y antes que arrancara tuve una sensación, algo así como un “déjà vu”…
- El accidente no tuvo la culpa. El accidente fue simplemente eso, un accidente. Solté el timón al sentir el dolor, y el carro fue a dar contra los bancos de cemento de un parque. No recuerdo más, excepto la opresión en el pecho y los gritos de las personas que llevaba conmigo en el taxi. ¡Ah, y las ganas tremendas de fumar.
A mi regreso a la ciudad me enteré por la prensa amarillista que a este taxista un accidente no solo dejó parapléjico sino también de un cinismo propio de los que no tienen nada que perder, que dependía de su mujer y de su madre, a quienes despreciaba y su único consuelo era un amor fugaz que nunca regresó. “Su inutilidad espiritual se ha volvió física, en un país sin perspectivas y que sólo espera más violencia y muerte”.
SOBRE EL AUTOR
Adolfo Ariza Navarro, ganador del concurso de novela corta 2009, es un escritor colombiano nacido en la población de la Avianca, departamento del Magdalena, al norte de Colombia, el 16 de febrero de 1962.Tras haber sido integrante del taller de escritores Gabriel García Márquez de Bogotá, con el que publicó algunos cuentos, Ariza Navarro vio su texto "La Enredadera" escogido en el año 2000 para hacer parte del volumen "Cuento colombiano al borde del siglo XXI", editado por el Ministerio de Cultura. En 2006 ganó el Primer Concurso Nacional de Poesía Julio Flórez, creado por la Casa Museo de Usiacurí, departamento de Atlántico, con el poemario “Las cosas que me cuento mientras me desvaran el carro”. Fue también ganador ese mismo año del Premio Nacional Metropolitano de Poesía, organizado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla con el libro “Poema Inicial” y de la X Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera con la obra “Afuera estaba la Noche”. En 2008 ocupa el primer puesto en los premios Ciudad de Santa Marta –modalidad libros de poesía- con el poemario: “Regresemos para que nos maten amor”, en el que describe crudamente el problema del desplazamiento en Colombia, del cual el autor fue víctima en 1998. Actualmente está radicado en Barranquilla y es miembro de la mesa directiva de la Fundación de Escritores de la Región Caribe “Meira del Mar”.
*1. Fuente fotografía: http://www.elheraldo.com.co/ELHERALDO/BancoConocimiento/R/rdantonioariza/rdantonioariza.asp
*2. Fuete noticia: http://www.espanol.rfi.fr/americas/20100217-adolfo-ariza-navarro-y-un-cadaver-esperado
https://sites.google.com/site/grupojauria/casa/adolfoantonioarizanavarropremiojuanrulfodenovelacorta2009
GUSTAVO H. ARRIETA LÓPEZ.

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