De un sólo impulso se levantaría de su puesto… sin mirar nada y en dos tiempos andrea ya estaba afuera dirigiéndose por el largo y concurrido pasillo hacia los baños. Sentía que no le alcanzaban los pasos y que la que caminaba de prisa era la del reflejo ajedrezado de las relucientes baldosas… Recordaba la escena con exactitud; tropezaría en la puerta con alguna bulímica, quién la miraría con cierta complicidad burlesca y luego, sin volver a saber cómo, se le perdería de la memoria ese lapso de tiempo entre el cerrar la puerta y el irse levantando de su acto de contrición frente a la taza del sanitario con un sabor ardor ácido en la garganta.
Ya frente al espejo… con la mano mojada vendando su boca y las últimas gotas de agua escurriéndole de su barbilla, se miraba fijamente a los ojos –grandes, redondos y castaños-, la imagen se los devolvía, bien idénticos, en el gesto de temor propio de los días de retraso… terminó de secarse muy despacito la cara y manos, pero al ir a cerrar el grifo, esta vez descubrió con asombro estúpido la firmeza del chorro… y puso el dorso de su mano izquierda debajo… sintiéndolo por todo el cuerpo; lo dejó corriendo y salió. Ahora si era ella la que caminaba de regreso, sus posibilidades eran sólo dos y la decisión ya estaba tomada. Está vez dejaría de dar tumbos en círculos para encarar lo que fuera… Al entrar nuevamente al salón se enfrentaría a la ironía sarcástica de uno que otro de sus compañeros de clases con la misma indiferencia que le importaba el mundo. Recogió, entre la penumbra luminosa del video-beam, sus pertenencias de la mesa bajo la mirada supervisora del profesor que no dejaba de hablar y de señalar sobre la proyección… tenía que salir pronto de ahí… no soportaba la oscuridad reflexiva de tanto pensamiento… pero un recuerdo la sujetó del brazo, acarició sutil su cabello y se quedaría hombro donde apoyar su frente y empezó a saborearlo amargo y lento…
-Había sido justo él, el doctor Sinisterra, su profesor en segundo año quien le ayudaría con aquél “problemita” hace nueve meses atrás, pero ahora él también estaba muerto… congelado y grisáceo en el anfiteatro. -Hoy también iría a visitarlo… La imagen de un camposanto lleno del verde y flores, de lápidas como libros, de una paz ilusoria… nunca la conmovió tanto, aunque él no estaba ahí, había una página abierta sobre la hierba en rocío con tan pocos datos que alcanzaban a resumir el tiempo que lo tuvo de frente con su bata y aire de médico de verdad verdad…Una admiración creciente desde el primer día, una especie de lástima luego de escuchar comentarios sin fundamentos y finalmente un sentimiento incógnito o no aceptado por tanto prejuicio y modales del caso fueron las estaciones en una relación alumna-docente que tras una confidencia que se convirtió en favor cómplice, los unió más en el acto ilegal y salvador de un futuro establecido y controlado por otros… Pero tras su deceso y el cumplimiento de su última voluntad, el doctor Sinisterra pasó a ser, por esos actos altruistas, el conejillo de indias de sus alumnos de la facultad… órganos y extremidades al servicio de los aprendices de una ciencia tan dueña y rectificadora de la vida como de la muerte… El doctor sabía de qué estaba hecha la tierra, los había visto a lado y lado de las carreteras podrirse entre los aleteos de los gallinazos; y tuvo la certeza mientras descendían a su mujer en un recinto pomposo. - Él, le tenía miedo a la tierra -.
Aunque su primera impresión fue de desmayo nunca sintió su partida… y si lloraba por todo y por nada, una sequía desértica la invadió desde entonces… En ese preciso instante de la devastadora noticia andrea se enfrentaba en franca lucha con jorge, ante todo “su amigo” desde el ingreso a la universidad; el mismo que se perdió durante las dos semanas desde que se enteró de su responsabilidad paterna, dejándole todo el peso de la elección a ella… sin embargo, la soledad es así… nos hace caer todas las veces necesarias en el mismo abismo. Ahora mientras se repetía la historia, volvía a pensar en él, no ya, para recurrir como tabla y consuelo ante el naufragio sino que desde su muerte el doctor se convirtió en algo así como el ángel de su guarda al que se le ora y reconforta.
Al principio jalaba la gaveta metálica y larga y fría, con tal apasionamiento –disfrutando de esa certeza que necesitaba y que el carácter le permitía- y él iba llegando desde sus cabellos negros-canos, hasta sus rodillas desnudas y ella lo evocaba corriendo sobre una playa madrugada gris, sentía su olor personal –mezcla de humor y agua de colonia-. Luego lo escrutaba con cuidado y respeto solemne como si estuviese vivo o mejor que cuando lo estaba… Como a alguien tras la oreja, percibía su presencia… tal vez su mano en su mano… su ojo clínico, su tacto y su sabiduría… Su cuerpo era el universo que se le ofrecía con sus nebulosas y constelaciones -paradojas de espacio y tiempo-… el cadáver representaba tantas sensaciones que le reconfortaban y aunque era completamente lógica, dejaba volar su imaginación o quizá su frustración.
Sinisterra si que conocía la soledad: la de su viudez, la de la lejanía de sus hijos en el extranjero y la más extraña, esa que crece entre la gente que le rodeaba. Lo venía pensando, el país le dolía desde que de niño padeció con su familia hasta ahora con el plagio y posterior muerte de su esposa… pero no lo pensó cuando mandó a sus hijos a continuar sus estudios fuera, pero si lo pensó y lo dudó esta vez… porque la descubrió a ella. Si, absurdo y sus raciocinios apaciguaban emociones hasta que la veía: una luz esculpiéndola idéntica a sus ansias juveniles. Él ya lo sabía, reconocía ese arcoiris por eso cuando la olió entrar en su consultorio, supo lo que tenía que hacer, no sólo por sus añitos, los de ella, por el miedo y por él, dado que ella buscaría a otro para deshacerse del “problemita”-. Muchas cosas se renovaron en él, ilusiones secretas, farolito y lunar.
Siempre se puede descubrir en el placer una que otra sensación adversa como insulsa; andrea perdida en sus emociones alimentaba la incomodidad del vivir conforme… y no era sólo querer más y mejor, era ser lo que no podía… kilos de más marcaban mucho la diferencia, estatura más que menos; ella espera más de todo, tanto de sí como de los demás, algo así como “el poder” para acabar con el hambre en el mundo. Ahora, y luego, está preñada y su lógica perdía la batalla ante la experiencia más allá de la física científica, ante ese sueño-trance donde se encuentra con Sinisterra en los lugares de la noche y del deseo… entonces la duda estaba más que fundada… “obra y gracia del espíritu” y los avisos claves del destino sobre su embarazo… uno que otro horóscopo, un loco amigo que le regalaba mochilitas de lana y varias fulanitas indiscretas…
Sinisterra se iluminaba junto a su cama y tomaba sus dedos en un acto de levitación, sin saber cómo, y aunque sólo era compañía por aquellos lugares donde la llevaba, una leve excitación se presentaba siempre justo ahí y después por todos lados. Al final no sabría si se trataba a ciencia cierta de un sueño, entonces se consolaba creyendo que había sido tan real como sus ojeras en el espejo de su vanidad… entonces no volvió a importar ninguna sensación que no proviniera de su estado de gestación.
Lo de su ex estaba arreglado -puso eso en equilibrio de su balanza- y descubrió el egoísmo de los seres humanos… La universidad, su apartamento, el parque y sus palomas, la avenida que la llevaba al cementerio los dieciséis de cada mes, el café bar donde seguía tomándose la misma cerveza al regreso del campo santo y todo lugar, así no estuviera en su rutina, resultaría bastante hasta irreal. Lo de su ex, estaba desbaratado, corroído, tan doloroso que lo ahogaría en el silencio de su imagen por aquellos territorios compartidos y definitivos. Y sin embargo, el espejismo del doctor, llegaba como el anhelo cursi de que jorge fuera como él o él. El niño que crece y ella que hace de cada día un aniversario, poco a poco, va inventando una letra cada vez para su nombre y aún faltan meses para que refleje la luz del sol o el enigma de la noche. Él insistiría, jorge, en buscarla por todos sus recovecos, -batalla que debía ganársela a la locura.
El anfiteatro ahora estaba clausurado para ella… su cuerpo minucioso y muy alterado se lo sabía de memoria, en cada tejido con sus células hallaba de Sinisterra lo que en vida no. Para andrea la reencarnación del alma era profecía… el niño llevaría su nombre, ya luego lo reconocerá cuando abra los ojos.
FIN
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